domingo, 14 de mayo de 2017

Sábado Madrid Río, castillos hinchables y el viento

Tienda rota por el viento momentos antes
Madrid Río
Los que de niños hemos hecho aviones de papel, jugado con paracaidistas o soplado dientes de león sabemos de la fuerza del viento. Esa fuerza que puede arrancar tejados, tirar muros o arrebatar de las manos un paraguas.

No hace falta ser muy listo, pues, para imaginar lo que puede hacer el viento con una gran estructura hinchada de aire y llena de niños encima, apenas sujeta a los agujeros de unos ladrillos por unas cuerdas cutres de atar chorizos.

Pero hace falta ser muy imbécil y muy temerario como para confiar en que el viento no va a mover ese globo gigante con unos enanitos montados encima. 

Eso ha pasado recientemente en Gerona, con resultado de muerte; ha pasado en Collado Villalba, con heridos leves, y pudo pasar en Madrid Río este sábado, por la falta de profesionalidad de los montadores y comerciantes, y la desidia de la Policía Municipal de Madrid.

Acabábamos de comer en un restaurante de Madrid Río frente al Palacio Real y el feo zócalo de la Catedral, cuando unas fuertes ráfagas de viento aconsejaron empezar a plegar algunas sombrillas.

Salimos hacia una zona infantil aneja, con hinchables y un rocódromo, habilitados para las Fiestas de San Isidro.

Futbolín hinchable sin anclaje
Allí, un futbolín hinchable gigante aparecía con un exiguo anclaje por una de sus esquinas con una cuerda raquítica atada a un pequeño bloque hueco de cemento de unos pocos kilos de peso.

A su lado, un pequeño castillo hinchable estaba repleto de niños y también anclado de manera criminal, al libre albedrío del inconsciente de turno, experto en meteorología y prevención de riesgos infantiles.

Enfrente, una torre cuadrangular de escalada de unos seis metros de altura se apoyaba sobre sus cuatro patas, sin atornillar al suelo y sin un solo anclaje, como si la fuerza de voluntad del pensamiento humano bastara para evitar los efectos de la intensidad del viento.

Y a la derecha del rocódromo, un circuito de pequeñas bicis aparecía también sin anclar.

Pero lo más grave de todo fue que dos policías municipales se rascaban el cogote debajo de su gorra “supervisando” las instalaciones, mientras volaba delante de sus narices una tienda de aluminio que se despatarró volcada por la intensidad de un viento que a lo más que se atrevía era a arrancar globos de las manos de los niños.

Circuito hinchable sin anclaje
De la falta de anclajes ná de ná, a pesar del accidente mortal de Gerona acaecido días antes, en una demostración de deficiencia municipal que hace recordar los casi 2000 € que se embolsan al mes dichos servidores municipales y los más de 100.000 de la avejentada alcaldesa.

Prevenir es un verbo de escasa conjugación cuando los ayuntamientos de políticos aficionados se aventuran en esto del montaje de ferias e instalaciones provisionales.

Las fotos están tomadas ese día y de dos de las instalaciones citadas.





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La estructura, de 4x5 metros, solo se sujetaba por dos de los seis anclajes de los que disponía