viernes, 30 de septiembre de 2016

Crítica a Siroco: recuerdos del Sáhara Occidental

Puesto de Guelta Zemmur en 1957,
a la izquierda el Jeep Willys
... de cuando en cuando, después de haber reposado con viveza de la vorágine laboral, repaso los cantos de algunos libros olvidados adquiridos en los años pasados, habitualmente releídos y furtivamente estudiados en partes; aquellos que necesitan una segunda y tercera lecturas profundas, y completar unas pocas páginas aún ignotas.

Uno de esos libros rescatados de su polvo es Siroco, escrito por un teniente de Grupos Nómadas destinado en un aislado puesto del tórrido interior del Sáhara Occidental hace 58 años.

El libro es uno de tantos escritos por oficiales africanistas sobre los maravillosos y frugales años que vivieron en su juventud, con un par de recién otorgadas estrellas de 6 puntas, con todo el futuro por delante y subalternos a sus pies, en un mundo que ellos no sabían que se acababa para siempre.

He leído numerosas experiencias de esos oficiales de la General, que se dedican a escribir de sus recuerdos edulcorados cuando les llega la senectud o pasan a la Reserva. Pero todos adolecen de lo mismo: falta de calidad literaria, escaso sentido de la crítica y una irritante idealización de personajes y situaciones, que si bien tiene valor precisamente por su subjetividad, ésta acaba sepultando lo obvio y objetivo, convirtiéndose en poco más que remembranzas seniles de color sepia.

Siroco es una de esas obras no bien escritas, aunque el autor se esfuerce. Lenta, con destacables erratas y hasta faltas de ortografía. El fárrago de sus listados de palabras y frases en hasanía la hacen incomprensible al principio, hasta para un iniciado como el que suscribe.

Aceytuno escribe como para no dejarse nada de su erudición sobre el Sáhara en el tintero. Guelta (de) Zemmur y los otros puestos militares, sus pozos, sus montañas, sus nómadas, sus frases, sus indumentarias y sus costumbres, … y todo eso -de manera pormenorizada- agota la paciencia de cualquiera que no haya sido monje, haya vestido un uniforme color garbanzo o respirado el aire caliente y polvoriento del Sáhara.


Macho de Gacella dorcas
Sin embargo el libro tiene un doble valor extremo: es una experiencia directa y escasamente novelada de un joven teniente de 25 años al mando de una guarnición indígena en medio de una guerra colonial en África y, además, su minuciosidad sirve para contrastar nuestras experiencias previas y filtrar lo espurio y hasta lo estúpido y sectario de los relatos orales, los recuerdos y lecturas de otros militares de carrera y de oficio, y de una caterva de civiles que, como chacales abrevando en una guelta, ensucian los manantiales puros de la verdad con esa pátina de inseguridades personales, barrigas siempre llenas y cráneos donde hacen eco sus 3 ó 4 ideas sobre lo que son la milicia, la política y los gobiernos en cada circunstancia, viendo el pasado bajo el prisma amanerado de sus intoxicadas y ajedrezadas pupilas peninsulares.

El autor patina en ofrecernos una obra literaria que perdure por ello, tal vez era consciente, pero se deja llevar por el lirismo. Sus escenas de amor son tan pueriles como risibles y desencajan el tono documental y paisajístico que tanto valor le otorga a esta obra, fundamental para entender qué pasó allí y por qué pasó.

El escritor no es un cualquiera: mandó un destacamento a camello de áskaris, se diplomó en Estado Mayor, asumió un regimiento en la Península y llegó a general de división.


El príncipe Juan Carlos en el Aaiún
De niño y adolescente residió en el África Occidental Española, y en sus primeros años de profesional volvió a esa franja desértica volcada al Atlántico, que el sultán de Marruecos ha ocupado en la actualidad, haciendo creer a todos una falacia, con la connivencia de un rey vendido y mendicante, unos políticos rastreros y una superpotencia protestante que prefiere aliarse con naciones de distinta fe para impedir que España domine el Atlántico a la altura del estrecho de Gibraltar.

Invito a leerlo a todo aquel que desee conocer el Sáhara en toda su esencia antes de la invasión marroquí y el motivo del exilio del pueblo saharaui, despojándose de los filtros ideológicos para disfrutar de un té ardiente y dulzón en una jaima, con el olor a cabra en el ambiente y los ojos de una mora misteriosa y bella detrás de un heike.


Título






lunes, 26 de septiembre de 2016

Entrevista en 2013 a Marcos Rodríguez Pantoja

Marcos durante el rodaje de Entrelobos
Han pasado ya 3 años desde que tuve contacto personal con Marcos, el que fue niño lobo, y no he querido publicar este encuentro antes para retener conmigo ese momento mágico con un excepcional ser humano, un verdadero experto en supervivencia, no de esos que se calzan botas de Coronel Tapioca o llevan cámaras en ristre y la seguridad de las tecnologías modernas.

Tampoco he querido publicarla antes para no incomodar la intimidad de Marcos, al que le profeso admiración y afecto por su templanza, por su bondad natural y por permitirme certificar algunas informaciones que mi abuela me contaba cuando vivía en un pueblo de Extremadura, de paisaje muy similar al de la Sierra Morena donde sobrevivió.

Hoy, con 3 años ya de por medio, me incomoda el no compartir con los demás esa admiración y respeto que siento por su persona y sus circunstancias desgraciadas, que lo llevaron a ser vendido a un cabrero anciano cuando sólo tenía 7 años para combatir la pobreza de sus padres durante la prolongada y mísera posguerra española.

De 1953 a 1965 vivió solo en plena naturaleza, sin contacto con otras personas, siendo la compañía de los lobos y otros animales la que forja su personalidad y sus habilidades, después de haber pasado unos años de sufrimiento entre las personas de su familia.


Entrevista en la cafetería de la cineteca de El Matadero

Conocí a Marcos posteriormente a la presentación del documental Marcos, el lobo solitario, complemento de la película Entrelobos (2010) de Gerardo Olivares, basada en hechos reales de su impresionante existencia.

Cuando terminó el coloquio, Gerardo Olivares lo acompañaba y le proporcionó algo de comer y de beber, como un cariñoso tutor que guía a un forastero. Permaneció de pie y se comió la pizza de una manera un tanto tosca y bebió coca-cola. Se quejó en numerosas ocasiones de las copas vacías, aunque los que estaban con él eran atentos y hasta cariñosos.

Estuvo unos momentos solo y aproveché para acercarme a él y darle las gracias por el documental.

Gerardo, el director, le habló antes de sentarse en una mesa donde no había sitio para Marcos. Estaba llena de autosuficientes, hombres y mujeres jóvenes muy arreglados y con mucho estilo. Tal vez Marcos desentonaba en esa mesa o tal vez no quiso sentarse a ella.

Le di la mano, una mano grande y suave, como una enorme zarpa de lobo por la forma de sus dedos, y no por haber convivido y cazado con ellos, sino porque un accidente con una hormigonera –como relató en el coloquio- se la deformó.

Marcos en su juventud, intentando reinsertarse 
Allí también contó que los padres de una novia que tenía en Palma se negaron a que siguiera con ella porque no podría trabajar debido a su accidente –y mantenerla, se entiende-.

Marcos se burla de los habitantes del pueblo de Orense donde reside porque no saben lo que es una jara, ya que allí no hay.

Hablamos de que se encuentra cansado y se lamenta. Pero le digo que unos niños tienen infancias felices y vejeces llenas de dificultades –sin pensiones dignas- y otros, como él lo pasan muy mal de niños y luego de mayores disfrutan de su tiempo.

Se lamenta de lo mal que lo pasó en Palma, pero lo pasó muy bien en la mili, que hizo en Cerro Muriano, Córdoba. Y me indica cómo disparaba contra el monte.

Marcos con el naturalista Luis Miguel Domínguez
Sierra de la Culebra, Zamora
Parece un hombre cansado, de aspecto juvenil, nada curtido, sin cicatrices en la cara y de aspecto muy poco montaraz, aunque se notan su escasa cultura, su aspecto de hombre de pueblo, su gran locuacidad y una inteligencia muy despierta.

Su aspecto ese día era algo circense, como un hombrecillo muy tosco al que lo visten de manera algo grotesca, con un sombrero negro, que no se sabe bien si lo eligió él, pero que no se quitó en ningún momento del que estuvo conmigo.

Las dificultades en las rodillas me dice que son de trabajar tanto poniendo suelos en Mallorca.

Marcos actualmente da charlas a niños en colegios y el grupo de niños que apareció en el documental estaba en la casa de Gerardo, el director.

Siempre finaliza sus intervenciones públicas con el sobrecogedor aullido del lobo, que realiza con la maestría propia de quien convivió 12 años con los lobos ibéricos de Sierra Morena, hoy tristemente casi extinguidos, como la inocencia primigenia de Marcos.



Enlace

Marcos Rodríguez, el último niño lobo español


Las enseñanzas del caso de Marcos

Su experiencia nos enseña muchas cosas: que la pobreza de los adultos es cruel con los niños, que los primeros años son claves para el aprendizaje, que la Naturaleza se conservaba prácticamente virgen en la España de los años 50 y 60, que el hombre se puede troquelar con los animales, ... y que el acoso al que someten unos hombres a otros es más degradante para las personas que el que ejercen los animales sobre los hombres.

Los instintos de protección de los lobos por las crías salvaron a Marcos de una muerte segura, sin embargo los alimañeros han existido hasta la época de Marcos, arrebatando los lobeznos a sus madres para meterlos en un saco y pedir dinero por ellos a las autoridades.

Aquí dejo el relato de la existencia miserable de dos alimañeros, un padre y un hijo de corta edad, casi como Marcos cuando fue auxiliado por la loba en la cueva, sólo que ellos arrebataban cachorros para poder sobrevivir.

Juan Bravo, el cazador de lobos de Las Hurdes










Marcos Rodríguez, el último niño lobo español

Estamos a finales de 1965, cuando un cazador vio algo que se movía sigiloso en un paraje recóndito de Sierra Morena. Era un muchacho descalzo, vestido con pieles, con el cabello hasta la cintura que se defendió a bocados cuando la Guardia Civil intentó capturarlo.



Un humano troquelado por lobos: Marcos
Marcos Rodríguez Pantoja, el último niño lobo español

Su vida real, contada por el mismo Marcos, la recoge el documental Marcos, el lobo solitario (2013), y el relato de su experiencia en la sierra la película Entrelobos (2010) ambos de Gerardo Olivares.

El relato de Marcos en el documental sobrecoge por lo inusitado de su experiencia, en una época muy cercana a nosotros pero en la que era posible en los agrestes montes españoles lo que en otros lugares de Europa ocurrió siglos atrás.

En los años setenta, el escritor mallorquín y catedrático de Antropología Gabriel Janer conoció a Marcos Rodríguez  en Palma de Mallorca y basó su tesis doctoral en su caso: la historia real de un niño lobo español.

A Janer le fascinaba todo ese mundo interior que creó ese niño para sobrevivir, y que es la columna vertebral de su relato y de sus recuerdos construidos.


«Sigue siendo un crío, no un hombre adulto de 64 años»


Gerardo Olivares y Marcos Rodríguez
Cuando el director de cine Gerardo Olivares tuvo noticia de esa historia, también quiso conocer a Marcos: “Me llevé una cámara de vídeo doméstica por si acaso."


«Me encontré a un tipo ágil de 65 años»


De aquel contacto surgió Entrelobos (2010), pero pronto se dio cuenta de que podía ir más allá. “Hablé con mi productor, José María Morales, y decidimos que también montaríamos un documental”.

El resultado, Marcos, el lobo solitario, presentado el 10 de enero de 2013 en la Cineteca, de El Matadero de Madrid, es de un verismo conmovedor.



Marcos con un lobo troquelado
Presentación del documental Marcos, el lobo solitario

La invitación que me enviaron para presenciar la presentación del documental Marcos, el lobo solitario ha sido la mejor experiencia de cine que he tenido jamás en mi vida.

Acudí tarde a la taquilla por mis obligaciones laborales de siempre, y no llevaba encima la acreditación, que nunca he recordado de dónde partió. Así que, a toda prisa, expliqué la situación y exhibí una de mis tarjetas que indican que me dedico a esto del periodismo cultural. Y entré casi sofocado.

Ocupando un asiento en las últimas filas, con las luces aún encendidas, pude reconocer a casi media docena de famosos naturalistas; entre los que creo recordar al menos a Joaquín Araújo, apenas 3 metros más abajo en el patio de butacas. Y había muchos otros personajes del periodismo y las ciencias.

Al poco el director, un tipo corpulento y rubicundo, presentaba al protagonista de la historia.



Sierra de Andújar
Fuente; http://toni-miscosas.blogspot.com.es
La historia y la fantasía de un niño

A través de 89 minutos intensos, se documentan la infancia rural de Marcos en un pueblo de la provincia de Jaén, mezclada con su fantaseado recuerdo, su realidad de abandono y supervivencia solitaria en el monte, y la durísima adaptación posterior a la sociedad urbana del desarrollismo de su época.

Pensemos en el vértigo que puede sentir un joven del ámbito rural serrano que va a hacer el servicio militar a la capital de España en los años 60 del siglo XX.

E imaginemos ahora a un muchacho, Marcos, que pasó 12 años sin contacto con persona alguna, vestido de pieles, comiendo carne cruda y relacionándose con lobos, serpientes y rapaces, en medio de la naturaleza agreste y primitiva de lo más recóndito de Sierra Morena, donde aún los lobos campaban a sus anchas y la Naturaleza se expresaba con toda la fuerza del bosque mediterráneo virgen. 



El coloquio del documental

Después del documental, se abre un coloquio, en el que Marcos se explaya, y refiere que su mejor amiga era una serpiente a la que crió y le salvó la vida primero dándole latigazos con la cola para despertarle.

También opina sobre otros animales, como los jabalíes: “si estás dormido te muerden y te comen porque son unos guarros”. Tal vez sea una manía de Marcos, porque le pusieron a cuidar guarros de niño y le pegaban.

En el monte, comía las semillas de las abundantes jaras y utilizaba dos piedras blancas para hacer fuego. 

Marcos durante el servicio militar
Cuando lo capturaron para hacer el servicio militar lo mandaron al dentista para que le arrancaran los dientes “para analizarlos”.

Del servicio militar opina: “Muy mal hecho, porque allí también me arrearon de lo lindo”.

Una vez finalizado, dice que lo pasó muy mal en Palma de Mallorca, donde le gastaban bromas muy pesadas. Allí fue donde el antropólogo Janer se lo encontró.

Marcos se queja de problemas físicos en la rodilla y también de próstata, en claro contraste con el vigor que disfrutaba de su vida en el monte.

Vive actualmente en Rante (San Cibrao das Viñas) a 5 km. de Orense, a donde llegó en acogimiento por Manuel Barandela. A este policía, ya fallecido, lo conoció en Fuengirola, y lo llamaba jefe en vez de padre.

Allí, dice que vive en una casa sin calefacción, pero con estufa, y se ríe de los lugareños porque no saben lo que es una jara, que en Orense no abundan.



La película de Gerardo Olivares

Marcos tenía siete años cuando fue entregado por su padre a un cabrero para cuidar un rebaño en un perdido valle de Sierra Morena, llamado en la película Valle del Silencio. Al poco tiempo el cabrero murió y Marcos se quedó solo y completamente aislado.

En los doce años que permaneció en el monte -de 1953 a 1965- no tuvo contacto con humanos, vivió junto a una manada de lobos y sus amigos eran un hurón y una gineta.

La increíble experiencia vital de Marcos se desarrolla en la película en la serranía contigua a Fuencaliente (Ciudad Real), en las riberas del río Yeguas, dentro de lo que se conoce como Sierra Madrona y que hoy es el Parque Natural de la Sierra de Cardeña-Montoro. El puente del Obejo marca la frontera entre el mundo del lobo y de las personas, en uno de los lugares más remotos de esos agrestes parajes.


Notas

Janer recoge el caso de Marcos en su tesis La problemática educativa dels infants selvátics: el cas de Marcos (1979) y posteriormente en su libro L'Infant selvàtic de Sierra Morena (1999). También ha publicado una novela, He jugado con lobos (La Galera), que cuenta «la historia tal como fue».

Marcos Rodríguez Pantoja nació el siete de mayo de 1946 en Andújar (Jaén). Tenía cerca de siete años cuando se quedó abandonado en los bosques montañosos de la profunda y bella sierra andujareña. La ficción cinematográfica ha cambiado en el guión la ciudad jienense de Andújar y su serranía por un limítrofe pueblo cordobés y la Sierra de Cardeña- Montoro.


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