sábado, 3 de mayo de 2014

Torrijas del convento: una receta tradicional de Castilla y León

Maravillosas torrijas
En el calendario semanasantero, la torrija es la oración gastronómica más directa con el Cielo.

Si los humeros plateados de incienso saturan de santidad nuestras pituitarias, y cornetas, tambores, paños de terciopelo y luminarias mortecinas doman e incardinan el resto de nuestros sentidos, es la bendita torrija la más humilde y completa de las sensaciones, y la que menos hartazgo genera.

Desde siempre las he tomado en casa y en la de los vecinos, pero nunca me generó entusiasmos. Tal vez aquellos corpachones blandurrios, henchidos de leche con canela, que se desplomaban contra el suelo, me aterraban. En la época de torrijas te abofeteaban con ellas en todas partes.

Pero mi amor con las torrijas germinó, como germinan el amor y el sexo cierto día en el cuerpo de los adultos más vitales. Fue en Cuenca, la olvidada, esa  de Castilla donde hay casas colgadas, resolí e higadillos con perdiz.

Fui a ver una tamborrada y me comí todo lo que había de raro por cada rincón de la ciudad vieja. Al día siguiente, harto de tanta transgresión de la Cuaresma, decidí santificar la fiesta y en la zona nueva evangelicé mi estómago con un par de rotundas y rubias torrijas de pastelería casera.

La Virgen Niña se me apareció, surgiendo desde el interior de una torrija … ¿Quién eres tú, torrija, que mi amistad procuras? La torrija me hablaba como me podría haber hablado Santa Teresa, aunque luego supe que pudo ser el espectro de Lope el que me tentaba.

Un gusano hambriento devoratorrijas me recorre desde entonces cada Semana Santa en León y en Castilla, en las aceñas de Zamora, en la calle Tentenecio a orillas del Tormes, en las pedregosuras de Aliste y junto a las Cadenas de San Gregorio vallisoletanas. Ya no puedo más … voy en pos de la torrija …



Ingredientes de las torrijas
La receta de las torrijas

Durante el segundo visionado de la procesión de El Silencio de Zamora, engullía chipirones en el escaparate de un bar, mientras veía desfilar a los cofrades, más atentos al televisor de dentro del bar que de mirar para no tropezar con el hábito. Fútbol, chipirones a la plancha y procesiones: ¡La Santísima Trinidad!

A la mañana siguiente, después de una dormida en la Balborraz más villana, bajé a encontrarme con los capirotes blancos de La Esperanza, con mis brazos zombificados hacia adelante y las fauces babeantes, sorteando fieles ya desayunados … yo moría por una torrija …

Como la torrija es ese alimento simple y extraño que siempre se me resiste a la memorización –la leche me reblandece también el cerebro- he debido copiar la receta de un libro de monjes.

Es como las hago yo,  sin persignarme, pero reverenciando ese pan mojado en leche y frito, con el que ya Viriato debía desayunar cuando estaba con las cabras, y la emprendía a torrijazos contra los romanos enfundado en una capa alistana.


Por fin, la receta

-9 rebanadas de pan bombón, especial torrijas, o viejo de barra.
-Un cuarto de litro de leche entera.
-2 cucharadas y media de azúcar blanco.
-1 huevo.
-Harina.
-Canela en rama y en polvo.
-Aceite, preferible de oliva, pero no necesario.


Se calienta la leche en un cazo con el azúcar y un palo de canela. Antes de que hierva, se retira el cazo del fuego y se vierte el contenido con cuidado por toda la superficie de las torrijas, dispuestas en una fuente. Las dejamos media hora en remojo.

Después se rebozan las torrijas, en la harina primero y luego en el huevo batido. Se fríen en abundante aceite caliente hasta dejarlas doradas. Después se escurren y se dejan reposar sobre papel absorbente de cocina. Se pasan a una fuente y se espolvorean con azúcar (en polvo o no) y canela molida.

Si nos han quedado poco dulces, se pueden untar ligeramente con miel.



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